viernes, 23 de octubre de 2020

El hombre que no quería cambiar

 Este ha sido el relato merecedor del tercer premio del Certamen de Linde.

En la foto , su autor, Sergio Maldonado Vega

El hombre que no quería cambiar.

No quería cambiar pero todo había cambiado. Daniel llevaba toda la vida preparándose para el futuro, mañana sería un día mejor, por fin llegaría su merecido reconocimiento, ya era su hora, tras años de trabajo y sacrificio, mañana el mundo le iba a devolver tanto esfuerzo y por fin iban a verse los frutos del trabajo constante.

Parecía que fue ayer cuando todo esto había empezado, pero han pasado 26 años desde entonces, años en los que había centrado todos los esfuerzos en aprender algo más, ser algo mejor, destacar en su campo, tanto había profundizado que casi nadie entendía lo que hacía, por lo que para explicarlo al que quisiera oírlo (muchas veces por compromiso, no por interés), tenía que recurrir a ejemplos simplones o anécdotas jocosas, en las que se había vuelto también experto, ya que por la morbosa curiosidad siempre habían triunfado.

Por fin iba a salir de las carreteras secundarias de la cueva en la que realizaba sus sesudos estudios y se incorporaría a la autopista del reconocimiento y la alabanza científica.

Nada le detendría ahora, ahora todos entenderían los sacrificios, incluso los sacrificados lo comprenderían, esa familia aburrida de sus ausencias, incluso de sus presencias ausentes. Por fin se entendería su ira interna cuando la frustración hacía su aparición. Todo valdría la pena, las dudas se despejarían como lo hace la niebla en una mañana soleada de primavera dejando un hermoso, cálido y florido día por delante para ser disfrutado.

Hoy, como tantas veces, salía del trabajo tras otra eterna y extenuante jornada de trabajo, pero eso no iba a estropear su humor, el sol tímidamente se asomaba y empezaba a calentar el rocío de la madrugada, parecía que el astro se unía a la celebración de tan esperado momento. Todo estaba previsto, medido y preparado, salir del trabajo, regodearse a cámara lenta del retorno a casa, saboreando los aromas de la primavera que se filtraban a través de su casco, al llegar a casa un café, un par de conversaciones por teléfono, un beso a la familia y prepararse para la batalla final. No había prisa, solo adelantar al típico abuelete conductor dominguero cuya única infracción era ir por debajo del límite mínimo de velocidad y proseguir a un ritmo pausado, pero no tanto.

Lo siguiente que pudo ver Daniel fue el agitar de sus gafas que no le permitía enfocar la vista, una pausa eterna, silencio, tiempo para pensar: ¿los pilotos profesionales se encogen o es mejor dejarse llevar? sin tiempo a reaccionar un fuerte impacto y rodar por el suelo, sin dolor, sin sufrimiento, como si fuera espectador de una de esas películas de acción que veía cuando no quería pensar en nada en concreto. El mundo se detuvo, pudo centrar la vista, estaba boca arriba, seguía sin dolor, “haz memoria, autochequéate, ¿manos? bien, duele pero funcionan, ¿cara? duele la mandíbula un poco, nada que no se pueda tolerar, ¿piernas? ¡mis piernas!, oh no!, no!, no!.

Una voz le interrumpe, “tranquilo, están en camino”.

A partir de ahí empezó un periplo médico y quirúrgico, pero Daniel solo pensaba en recuperarse para recuperar tal cual su vida, esto solo sería una pausa, podría con esto y con todo lo que se le pusiera por delante, él era fuerte mental y físicamente.

Los días trascurrían con mañanas de ajetreo y pruebas y tardes de tedio y espera, planteándose cómo haría para recuperar su vida en el punto y aparte que la había dejado pausada.

Cada una de esas tardes tediosas, cada una de esas mañanas ajetreadas se caracterizaban por un único punto que no variaba, la  mano de su esposa le sujetaba con fuerza, como si temiera que se le escapase la vida si la soltaba, con todo el amor que alguien puede dar, sin palabras vacías, sin artificios, sin postureo, entregada sin condición.

Fue entonces cuando Daniel, el hombre cuya proyección de la vida iba en raíles, sin dar oportunidad de tomar desvíos, sin volante que girar se dió cuenta, su obsesión casi enfermiza le estaba alejando de las cosas que más importan de la vida, de su familia.

Solo entonces Daniel se hizo la pregunta: ¿qué pasa si reajustas los valores y prioridades de tu vida y los pones en el orden que siempre debieron estar?

¿Qué pasa si cambias tu forma de vivir tu vida?

Sergio Maldonado.

4 comentarios:

Mari Mar dijo...

Maravilloso relato. Metecidisimo premio. Un beso. Te estamos esperando

Afrontando la lesión medular dijo...

Gracias Mari Mar por entra al blog y comentar. Se lo haré saber a Sergio.

Rosalía De la Torre dijo...

Precioso relato, soy una compañera Andaluza , que ha tenido la oportunidad de compartir en algunos congresos su compañía.
Una gran reflexión
Un fuerte abrazo

Afrontando la lesión medular dijo...

Gracias, Rosalía. Le diré a Sergio que has comentado por si no está atento al blog.