viernes, 10 de julio de 2015

Ensoñaciones de infancia

"Lo que se desea en la infancia, no tiene posibilidad de conseguirse jamás en su perfecta plenitud porque pertenece al ámbito de carencias más íntimo del ser humano, las que nada ni nadie podrá nunca saciar"

Rosa Regás 


A propósito de unas memorias que me pasó Felipe Vila, uno de nuestros seguidores, pensé dedicar una Entrada a algunos de los Recuerdos de Infancia de los seguidores.


RECUERDOS


Verde. Es injusto decir que el mar es verde. El mar, el mar que yo conozco, el que me ha visto crecer, el que ha contemplado mis pleamares y bajamares, es azul.
El mar también es verde, o gris, o negro, como la vida. Pero eso sólo sucede en casos muy extraordinarios, en días de tormenta o por las noches. Y después, cuando ya no se espera, vuelve a ser azul.
Los recuerdos empiezan siempre con la niñez, inconexos, deshilvanados, para hacerse sólidos, vívidos, o para diluirse como un tintero vaciado en un río.
Después los recuerdos se trasforman en ilusiones: Es el presente.

‑‑‑0‑‑‑

¡ Felipe....., Felipe....!‑
¿ Qué, mamá?‑
A desayunar ‑
Espérate, estoy viendo el mar ‑ 


El mar, el mar...., este niño está loco con el mar, y cada día está más delgado.‑
Está hablando sola, en el patio, mientras prepara las tazas del desayuno, esas tazas grandes de café con leche capaces de saciar el apetito de un niño.
El niño está en la terraza. Sus ojos están fijos en el mar, un mar plateado, que empieza a rizarse con una suave brisa de levante, y se vuelven temerosos, buscando un indicio de viento.
De repente salta, corre escaleras abajo, como si quisiera inmovilizar al tiempo, para que se quede como está, para que no cambie.
¡ Mamá, el desayuno !‑
Mira desconcertado las tazas vacías, se levanta, da un breve paseo y vuelve a sentarse. Todo ello en solo segundos.
La madre aparece por la puerta de la cocina, con una cafetera en una mano y una jarra de leche, ambas humeantes, en la otra. Dentro de la cocina se puede oír como se fríe el pan y se empieza a extender un olorcillo que impacienta aun más al niño.
¡ Mamá !, ¿ falta mucho?‑
No, toma, ahí tienes el pan frito, muy frito, como a ti te gusta ‑

La madre se sienta, está viendo comer a su hijo, y su cara, atormentada por años de trabajo, se dulcifica. Así, con su delantal de mezclilla, con su vestido negro, vestigio de un luto del que sólo ella se acuerda, y sentada en una silla de anea, tiene verdadero empaque. Aunque sólo sea para la mirada fugaz de niño.
El niño se levanta, con la boca llena y un trozo de pan frito en la mano, coge sus bártulos de pesca y sale corriendo, tras haber dado un beso sobre la marcha.
Felipe péinate y ponte la camisa ‑
Las palabras resuenan en la casa vacía y se confunden con el eco de un portazo.
¡ Este niño ! ¡ Qué ganas tengo de que empiece otra vez el colegio !‑
¡ La camisa....!,¡ péinate! ¡ Como si hubiese tiempo !‑
Los labios del niño apenas si se mueven. Habla solo, en susurros, sin esforzarse en oír su propia voz. Va saltando y dando patadas a las piedras, para liberar la energía que le sobra, con un bañador y unos zapatos por toda vestimenta. Sus manos en cambio sí que están ocupadas. En una lleva la bolsa con las aletas, las gafas, el tubo, el cinturón y el portapeces, en la otra lleva el fusil.
El niño, trece años de una vida, tiene un aspecto desastroso. Un bañador grande y desgastado, herencia de su hermano mayor, es lo único que cubre su cuerpo cetrino, quemado por el sol.

"El pescador " Joaquín Sorolla

Su pelo, revuelto aún por el sueño, está también quemado, estropajoso. Su cara delgada no es más que un amago de bigote, bajo una nariz chata. Sólo sus ojos van gritando su alegría.
El camino hasta el mar, sólo cinco minutos, es enormemente largo para el niño, parece como si la calle se alargase a cada paso, desesperadamente.
Al cruzar la carretera, ya a la vista del mar, el paso de un camión mueve las hojas de los árboles. El niño mira inquieto, pero el mar sigue en calma.
Los últimos cien metros que faltan para la playa los cubre el niño casi a la carrera, saltando para sortear los bolos de la desembocadura del arroyo.
Ahora, por un momento, piensa en su madre. Como dándole una explicación por no llevar camisa, coge la bolsa, la desocupa y la entierra, junto con los zapatos, en la arena de la playa. Después coloca encima una piedra grande para localizarla cuando salga del agua.
Inmediatamente, con avidez, se coloca su equipo, carga el fusil y, con el paso torpe de un pato, sortea como puede los pedruscos de la orilla, hasta que el agua le llega por las rodillas.
Se lanza al agua, fría aún, y le dedica a su madre el último recuerdo de la mañana:
¿ Ves mamá ? ¿ Para qué iba a peinarme ?‑
El niño ya no piensa, siente. El frío del agua, que le hace mantener los codos apretados contra los costados, en un inútil intento de mantener el calor corporal, el levísimo chapoteo de las aletas y la impaciencia por encontrar un pez. Más tarde siente la emoción de la captura, que le permite olvidarse por un momento del frío y del cansancio. Por último otra vez el frío, y el cansancio, y la pena de tener que salir.
Fuera ya, mientras da tiritones sobre las piedras de la orilla, añorando una playa de arena caliente en la que tumbarse, el niño vuelve a pensar, a recordar cada incidencia de la pesca, para disfrutarla de nuevo, y a proyectar la próxima pesquera.
¿ Por qué no será verano todo el año ?‑
Ahora si que se acuerda de su camisa, aún cuando el sol está empezando a devolverle el calor que le robó el agua y las piedras de la orilla queman. Pero es solo un momento, mientras guarda el equipo en la bolsa, cuando sus pies han vuelto a tocar el agua.
Esta vez la distribución de los bártulos es distinta, ahora el portapeces, del que cuelgan dos lisas y tres robalos, ocupa la misma mano que el fusil. Y es que ‑primera mentira del niño ‑ no se deben meter en la bolsa, porque se estropean y lo manchan todo.
También el camino es ahora distinto, ligeramente más largo, pero más cómodo, ‑segunda mentira del niño ‑ pues pasa por la playa donde se están bañando Carlos y Víctor, con toda la pandilla.
El bañador, arremangado, parece más pequeño, y el niño, estirado, más alto.
¡ Espera Felipe ! ¿ Qué has pescado ?‑
Es Víctor, que viene a curiosear la pesca. Carlos, mas cuco o menos aficcionado, se ha quedado sentado junto a las niñas. El niño, mirando de reojo, tiene un sentimiento de rabia, de impotencia, pero se rehace con rapidez.
La vuelta a casa es ahora más lenta, y el niño vuelve a pensar en los acontecimientos de la mañana, como para distraer y acortar el camino.
La llegada a casa es otra pequeña satisfacción para el niño, a pesar del tono, entre amable y gruñón de la madre.
Felipe, ¿ es que no te cansas de tanta pesca ?, estás hecho un cigarrón. Esta tarde tienes que dormir la siesta ‑
Los hermanos charlan y ríen mientras comen. Sólo la madre y el niño guardan silencio. El niño piensa y come a una velocidad increíble, por eso no habla. La madre recorre la mesa con la mirada, pendiente solo de lo que come cada uno.
¡ Felipe come despacio , así no te alimenta la comida!‑
La comida, mediada para todos, toca a su fin para el niño, que se levanta mientras come un plátano y se dirige hacia el cuarto de baño, como para lavarse las manos. Pero de pronto, en cuanto que desaparece de la vista de su madre, cambia de rumbo. Va a su cuarto, coge la escopeta y los plomos y vuelve a dar un portazo.

¡ Felipe......,Felipeeee...!.Este niño no hay quien lo controle ‑
Déjalo mamá, el no se cansa ‑
El sol cae a plomo y, aún a la sombra del porche, la soflama ahoga. Es la hora de la siesta.
El niño se detiene un poco, antes de lanzarse al campo, y aprovecha para comprobar el contenido de los bolsillos: Un trozo de cuerda, indispensable para atar los pájaros; una caja de perdigones, envuelta en un pañuelo sucísimo, para que no suene al andar; un pequeño alambre, para empujar los plomos, que entran demasiado justos en el cañón de la escopeta y dos botes vacíos de penicilina, que pueden valer para guardar plomos, es todo lo que sale de ellos. Pero es suficiente.
Conteniendo el aliento, como si se fuese a echar al agua, el niño empieza su recorrido. Su paso es precipitado y muy pronto está empapado de sudor. Pero de momento sólo se trata de llegar a las higueras, las higueras de Diego, y sentarse a aguardar a los "pinchahigos".
La llegada del niño a las higueras se asemeja a los movimientos de cualquier otro animal salvaje. Sus movimientos son lentos, enormemente lentos, y su mirada está fija en el árbol. Sus pies apenas hacen ruido. Su cuerpo, encogido y semiagachado para hacerse más pequeño, sufre ligeras contracciones cada vez que vuela un pájaro.
Se queda estático por un momento: Acaba de ver un pájaro. Levanta la escopeta, contiene la respiración y apunta cuidadosamente al lugar donde se adivina la silueta.
El chasquido de la escopeta, el revoloteo de los pájaros asustados y la imprecación del niño se confunden. Ha fallado. Y lo sabía cuando estaba apretando el gatillo.
Entra bajo la higuera, ya sin precauciones, y se sienta en el suelo, en el mismo sitio de cada día. Saca el pañuelo, se seca los goterones de sudor y apoya la escopeta en el tronco. Ahora tiene que esperar.
Los recuerdos de la mañana fluyen como el reguero de hormigas que suben por el tronco de la higuera. Y el niño parece haber olvidado su inquietud. Está inmóvil. Es la hora de la siesta.
¡ Ves mamá, aquí también se descansa !‑
Va pasando revista a lo que ha hecho durante la mañana y decide que lo ha hecho mal, rematadamente mal:
Tienes que salir más temprano ‑ se dice ‑, pues por la mañana temprano es cuando hay pescado, después no hay quien lo encuentre. Y tienes que irte más lejos, ese sitio lo tienes demasiado castigado ‑
Una sombra delata al pájaro, sólo una sombra, pero el niño no ha necesitado más para localizarlo y disparar. Después, mientras sus manos sacan la cuerda del bolsillo y atan el pájaro, los pensamientos siguen fluyendo.
Tienes que ir a donde Antonio López y Pepe Onrubia , a la fábrica de cemento o a los túneles, pues allí sí que se pesca_
¿ Es que te da miedo ir sólo ?‑
Bueno sí, un poco sí que me da ‑reconoce el niño ‑, pero eso es lo de menos. Mañana iré.‑
Horas más tarde, cuando el sol empieza a ocultarse tras los montes y hay ya siete pájaros en la cuerda, el niño se levanta y, tras comprobar que se había sentado encima de un higo pocho, se marcha a su casa.
Detrás, las sombras de los montes parecen disipar la calima, y las líneas se hacen más fuertes, más nítidas, para apagarse otra vez y difuminarse en el atardecer.
¡ Felipe..., Felipeee...., a merendar!‑
Es la voz de su madre.
Ya voy mamá ‑
La casa, el pan y el chocolate, y la ducha le esperan. Lo malo es que ya es muy tarde para tratar de localizar a Carlos y a Víctor. Y está demasiado cansado para ir a buscarlos.
Niño, se te va el santo al cielo con la pesca y la caza. ¿Es que no pensabas merendar?.‑
El niño no contesta, pues sabe que su madre no espera respuesta. Es sólo su forma de quererlo.

Felipe Vila


Hace unos días Felipe me enviaba una foto de dos sargos resultado de un día de pesca submarina. vemos que no ha perdido su afición por la pesca.


Gracias, Felipe, por compartir este relato tan bien conducido.

Espero que otros seguidores se animen y compartan sus recuerdos de infancia. Yo misma pasaré alguna¡os de mis relatos y ensoñaciones de infancia en breve,

Dejo aquí los recuerdos que en los comentarios me han pasado dos seguidoras.

Elena Batalla

"El verano me recuerda el mar menor...pero no como se conoce ahora...el de hace mas de 50 años...cuando se dormía con las puertas de las casas abiertas y las sillas de la velada a la fresca permanecían en la calle....mañanas de playa...tardes de pesca..y paseos en bici...de las comidas y meriendas que me hacia mi abuela..chiquillería jugando al atardecer con las rodillas llenas de mercromina...una pena que ya no se vean pandillas de críos..."





Anónima

"Una de las cosas que más recuerdo de mi infancia es mi parche, es uno de mis primeros recuerdos. Me pusieron gafas cuando tenía un año y pico y era muy miope pero sólo en un ojo, así que tenían que taparme el ojo bueno para hacer trabajar al ojo vago. Nada más levantarme mi madre me lavaba la cara y después me sentaba en el mueble del lavabo y me ponía el parche y las gafas con muchísimo esmero, recuerdo ver la vida con un solo ojo y encima un ojo que veía muy mal y cuando me quitaban el parche a la hora del baño por la noche era como encender la luz. Lo veía todo distinto, más amplio, más espacioso, pero llegaba la mañana siguiente y otra vez me tapaban el ojo, siempre tenía la esperanza de que mi madre se olvidara, pero que va, no se le pasaba nunca, antes me habría mandado desnuda a la calle que sin parche. Hace poco hasta encontré unas fotos en la playa y allí estaba yo con mi parche y mis gafas de culo de vaso, hasta en la plata tenía que llevarlas, mi madre no perdonaba ni un día. Mi infancia está llena de imágenes al lado derecho, tendría unos 12 años cuando el oculista decidió que ya no iba a recuperar más vista y descubrí que a mi izquierda también había mundo".



Esta foto la he extraído de esta página http://ocularis.es/blog/el-ojo-vago/


7 comentarios:

Felipe dijo...

Gracias Mariangeles. Uno trata de repetir siempre el escenario de los momentos dulces. Claro que la escena no es siempre la misma.
Lo cierto es que, con mis aficiones, el verano ha sido siempre mi estación favorita.
Abrazos nerjeños.

Afrontando la lesión medular dijo...

Tal vez vuestro clima y la cercanía del mar favorecen ti preferencia por el verano. Yo, sin embargo, desterrada en esta tierra que te "echa" a la fuerza en verano, hace que el verano no sea mi Estación preferida. Lo que más me gusta del verano es el descanso y retmar otroas aficiones que quedan aparcadas por le trabajo diario. El mar es lo que más añoro y este año puede que no lo vea.

Gracias, Felipe, por compartir esa parcela de tu infancia. Parece que huelo al pan frito que hacía mi madre aunque ya sabes que no comparto ni la pesca ni la caza.

A ver si se anima algún otro seguidor. Yo espero dejar algunos de los relatos.

Elena Batalla dijo...

El verano me recuerda el mar menor...pero no como se conoce ahora...el de hace mas de 50 años...cuando se dormía con las puertas de las casas abiertas y las sillas de la velada a la fresca permanecían en la calle....mañanas de playa...tardes de pesca..y paseos en bici...de las comidas y meriendas que me hacia mi abuela..chiquillería jugando al atardecer con las rodillas llenas de mercromina...una pena que ya no se vean pandillas de críos...

Afrontando la lesión medular dijo...

Ti verano, una copia del mío, Elena. Aún parece que oigo los grillos y veo los puestos de piñones e higos chumbos.

Anímate a escribir más pues lo haces genial. Besos calurosos.

Anónimo dijo...

Una de las cosas que más recuerdo de mi infancia es mi parche, es uno de mis primeros recuerdos. Me pusieron gafas cuando tenía un año y pico y era muy miope pero sólo en un ojo, así que tenían que taparme el ojo bueno para hacer trabajar al ojo vago. Nada más levantarme mi madre me lavaba la cara y después me sentaba en el mueble del lavabo y me ponía el parche y las gafas con muchísimo esmero, recuerdo ver la vida con un solo ojo y encima un ojo que veía muy mal y cuando me quitaban el parche a la hora del baño por la noche era como encender la luz. Lo veía todo distinto, más amplio, más espacioso, pero llegaba la mañana siguiente y otra vez me tapaban el ojo, siempre tenía la esperanza de que mi madre se olvidara, pero que va, no se le pasaba nunca, antes me habría mandado desnuda a la calle que sin parche. Hace poco hasta encontré unas fotos en la playa y allí estaba yo con mi parche y mis gafas de culo de vaso, hasta en la plata tenía que llevarlas, mi madre no perdonaba ni un día. Mi infancia está llena de imágenes al lado derecho, tendría unos 12 años cuando el oculista decidió que ya no iba a recuperar más vista y descubrí que a mi izquierda también había mundo.

Afrontando la lesión medular dijo...

Muchísimas gracias por compartir este relato lleno de dureza pero también de belleza.

Al igual que convoco cada año el certamen de Cuentos cortos, me estoy planteando hacer algo similar con los relatos de infancia de los seguidores.

Me alegro que ya puedas ver el mundo con tus dos ojos.

En este blog parece que nos olvidamos de otras situaciones de diversidad muy duras como son la ceguera y la sordera.

Afrontando la lesión medular dijo...

Por cierto, he añadido al comienzo del texto de esta Entrada una frase en azul de Rosa Regás.