viernes, 6 de diciembre de 2013

Primer Certamen de Cuentos : Votaciones . " Viaje al País de Paraplejilandia"

*  Viaje al País de Paraplejilandia *
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Brais GUITIAN CASTRO.-



Como el autor llego a este país cuya capital es Toletum y nos describe cosas de sus gentes, costumbres y vivir diario.


Una mañana temprano salía a dar una vuelta en mi globo-utilitario. Pensaba ir hasta el Toboso para hacerle una visita a mi Dulcinea particular cuando de pronto comenzó a soplar una Tramontana de Poniente que desplazó mi Ferrari particular hasta un pequeño montículo donde tuve que aterrizar de emergencia. Era el país de Paraplejilandia, habitado por unos humanoides que siempre estaban sentados y se desplazaban de un sitio a otro en unos curiosos artefactos; eran unas sillas de ruedas. A simple vista, todos parecían iguales pero al acercarme a ellos fui descubriendo que unos eran hombres, otros mujeres, unos jóvenes, otros viejos, unos blancos, otros negros y casi todos listos e inteligentes; tan solo algunos vestidos de verde y bata blanca tenían ciertos tics de no ser tan listos y hábitos sospechosos. Aparentemente parecían ser los que mandaban y la verdad era que no cesaban de dar órdenes pero debían ser poco efectivas y acertadas a tenor del escaso éxito que tenían y el poco caso que les hacían.

Estos seres especiales, los parapléjicos, habitaban este país que tenía por capital la muy noble y siempre benemérita ciudad imperial de Toledo. Su emplazamiento, en lo alto de una colina y rodeado de agua por todas partes menos por una, era de muy difícil acceso y complicada convivencia. Ya lo dijeron los romanos  -urbs parva sed loca mutina- “ciudad pequeña, y de difícil acceso” y para mayor dificultad allí conviven tres culturas: cristiana, árabe y judía. El problema era que convivían y convivían bien. La ciudad estaba mandada por tres grandes jerifaltes: el que ocupaba la silla episcopal o poder religioso –el Cardenal Primado-; el que ocupaba la silla presidencial o poder político –la presidente de la Junta de Comunidades-; y el que ocupaba la silla de mando o poder militar –el Capitán General de la región.

Cada uno tenía su sede en sitios distintos; el uno, en la catedral; el otro, en el palacio de Fuensalida; y el otro, en el Alcazar. Como fincas particulares tenían: la plaza de toros, el Seminario Mayor, San Juan de los Reyes, la plaza de Zocodover, la Academia Militar y la mezquita de Y-ven-a-mear.

Pero el palacio principal del País de Paraplejilandia estaba en la finca de la Peraleda, al otro lado del río Tajo, donde la silla de ruedas imponía su ley, los cojos dominaban el cotarro y los hombres sentados eran sus habitantes. Es un edificio de corte modernista, simula una gran cruz o estrella de cuatro puntas donde se organizan los habitantes y demás dependencias donde esta gente desarrolla su vida diaria. De piso a piso suben por medio de un ascensor pero como sistema alternativo hay unas grandes rampas que bien podrían ser una pista de aterrizaje para aviones diminutos, por su grandeza.

Los días los organizan de forma muy variada; por la mañana van al gimnasio para mantenerse en forma y rendir culto a su belleza física. Cada uno en su sitio, todos se afanan en hacer sus ejercicios bajo la atenta mirada del capataz de turno. Hay un gimnasio muy grande lleno de colchonetas y camillas. Al lado hay otro más pequeño lleno de aparatos y bicicletas. El rey de los mismos, por su aparatosidad y belleza, es el LoKomat que tan solo es utilizado por los más hábiles y mejor recuperados. También hay una sala de cinesiterapia que no tiene nada que ver con el mundo animado del celuloide sino que es una piscina climatizada donde algunos de los más distinguidos habitantes del lugar practican la natación. Los más débiles e indefensos se quedan en cama, donde los que se creen más listos los someten a una y mil perrerías tratando de averiguar cual es el origen de sus dolencias. Casi nunca aciertan. No es que no sepan o no quieran hacer buenos diagnósticos y acertar en los tratamientos; es que se trata de enfermedades de muy difícil pronóstico y muy complicada rehabilitación.

Los más pequeños van a la escuela donde aprenden cosas y más cosas que de poco le van a valer el día de mañana, pero que el sistema dice que hay que saber. Sumar, restar, dividir, los ríos, los montes, informática y dibujo son algunas de sus materias que estos críos encantadores aprenden con gran facilidad bajo la atenta mirada de Ventura, el capataz mayor de la Sección. Es cierto que hay que formarse y que el sufrir una determinada incapacidad no da derecho a hacer “novillos” y no ir a clase pero con la que está cayendo hay muy pocos argumentos para motivar a estos seres maravillosos para que se sacrifiquen, estudien, se labren un futuro y que después la sociedad se encargara de ignorarlos y marginarlos.             Pero principalmente por esta razón para que el día de mañana no los ningunee nadie y sean hombres de bien es por lo que hay que sacrificarse, estudiar, formarse y estar a la altura de los “demás”.

Por las tardes, todos a divertirse y trabajar en cosas más informales. La Sección Socio-Cultural y su grupo de colaboradores se esfuerzan por enseñarnos cosas nuevas y sobre todo a saber utilizar el tiempo libre. Esta sección es de las más apreciadas y concurridas porque son los que se encargan de que los domingos y festivos nos sean más llevaderos. Partidos de ping-pong, baloncesto en silla, la petanca.., y otros juegos más instructivos y menos físicos forman parte de su amplio abanico de actividades También organizan conciertos, bingo, cine, teatro, excursiones y juegos para los más pequeños. Para los más inconformistas ¡ya esta la misa dominical¡.

Como último recurso...... ¡la cafetería!, en sus dos vertientes; la del interior, como lugar muy apto para desgañitar la garganta o romper los tímpanos, por el mucho ruido y lo alto que allí se habla; y la de fuera, en pleno jardín y que es la joya de la corona del Centro por lo concurrida y visitada que está siempre. Las primaveras, veranos y otoños serían muy distintos si no existiera este lugar privilegiado donde conviven en armonía pacientes y familiares, personal y visitantes, fumadores y curiosos que van a dar una vuelta por el lugar. Hay que reconocer que su apertura fue todo un acierto y así se ha convertido en el lugar más concurrido del Centro.

En fin, así es la vida en este lugar tan singular, donde puede parecer que todo es idílico y de color de rosas. Nada más lejos de la realidad. Aquí también hay malos ratos, cabreos, dolor, ‘depres’ y alguna que otra lágrima pero de eso hablaremos otro día. Hoy eso no toca. Hoy toca Positivilandia dentro del País de Paraplejilandia.